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martes, 26 de agosto de 2014

La Correspondencia de Madame du Châtelet

A lo largo de la vida de Émilie, la correspondencia con los diferentes personajes que fueron parte de su vida se hizo muy importante; a través de ella iba expresando no sólo sus inquietudes, sino también sus sentimientos hacia las personas que la rodearon, su filosofía de vida, incluso sus secretos mejor guardados. La edición del libro que hemos ido comentando en estas últimas entradas sobre el Discurso de la felicidad, de Mme du Châtelet, incluye una serie de cartas que recogen la correspondencia que ésta mantuvo con dichos personajes durante los años 1733 y 1749, justo pocos días antes de su fatal desenlace. Respecto a esas cartas, podemos destacar las siguientes singularidades.

En primer lugar, Émilie ha convertido a Voltaire en el centro de su correspondencia con sus amigos, pues prácticamente lo menciona en toda su correspondencia, hasta aproximadamente el año 1743; esto se debe a que, a partir de 1740, empieza a enfriarse el amor de Voltaire por la marquesa, sus continuos viajes a la Corte del Rey de Prusia y las largas estancias en ella, provocarán problemas en la pareja. Un reflejo de este enfriamiento lo encontramos en una carta que Émilie envía al duque de Richelieu, el 23 de noviembre de 1740 (p. 172):
«He recibido un pago cruel por todo lo que hice en Fontainebleau. He conseguido llevar a buen puerto el asunto más difícil del mundo, procuro al señor de Voltaire un retorno honroso a su patria, le devuelvo la gracia del ministerio, le abro de nuevo el camino de las academias, en fin, le devuelvo en tres semanas todo lo que se ha tomado el trabajo de perder en seis años. ¿Sabe cómo me recompensa de tanto celo y devoción? Marchándose a Berlín; y me da la noticia con sequedad, sabiendo que me romperá el corazón, y me abandona a un dolor que no tiene parangón, del que los demás no pueden tener idea y que sólo su corazón, señor, puede comprender [...]»
En segundo lugar, otra singularidad que presentan estas cartas se refiere a la correspondencia que mantiene con el duque de Richelieu, en el sentido de que, en general, son las cartas más extensas entre las que envía a sus amigos, antiguos amantes, o sea, a él y a Maupertuis; y en ellas habla de la amistad como un sentimiento caracterizado por la ternura, la sensibilidad del corazón y marcado por el interés de Mme du Châtelet por saber todo lo concerniente a su vida. En algunos fragmentos se percibe un sentimiento más fuerte que la amistad, el amor, pues quizá continúe estando enamorada de quien fue por breve tiempo su amante; por ejemplo el siguiente fragmento de la carta enviada al duque desde Cirey el 22 de septiembre de 1735 (p. 135):
«Tiene que haberse dado cuenta de cuánto le amo, pues en medio de una felicidad que llena a un tiempo mi corazón y mi mente, deseo estar al corriente de todos sus intereses, compartir todo lo que le sucede. Su ausencia me hace sentir que todavía tendría algo que pedir a los dioses y que, para ser absolutamente feliz, tendría que vivir entre usted y su amigo: mi corazón se atreve a desearlo y no se reprocha un sentimiento que la tierna amistad que tengo por  usted conservará toda mi vida [...]».
En tercer lugar, otra particularidad de esta correspondencia es que utiliza continuamente las cartas dirigidas a Maupertuis para reprocharle la no reciprocidad del sentimiento de amistad que la marquesa siente por él, reproches que también se los hacía durante el tiempo que fueron amantes; por ejemplo en su correspondencia de abril de 1734 (p. 123):
  «Muy débil tengo que ser para manifestarle que vuelvo el domingo a París, que no saldré el lunes, que estaré en la calle Ganinet cerca de Saint Sulpice y que salgo al punto. No dejaré de verle, a menos que sea usted el hombre menos sensible a la amistad que existe. Transmítaselo a Clairaut, que no lo merece más que usted».
 En cuarto lugar, otro hecho que también me llama la atención es la presencia del marqués du Châtelet en su castillo de Cirey durante la larga estancia que significó el exilio voluntario de Voltaire en el mismo, al parecer sin producirse conflictos de convivencia, de lo que se desprende que Mme du Châtelet supo guardar bien la compostura, el decoro y la discreción o, por el contrario, que el marqués por no provocar un escándalo en aquella época considerara que era mejor, por decoro, guardar silencio.


En quinto lugar, lo que me ha parecido verdaderamente curioso es que la única carta que existe dirigida a Voltaire se refiere a las necesidades económicas de la marquesa, y a la ayuda que Voltaire le prestaba normalmente; me parece curioso por cuanto, al tener una relación amorosa tan apasionada y placentera protegida por el halo de la felicidad, yo esperaba que la correspondencia fuese más asidua, pues aunque pasan mucho tiempo juntos también se desprende a lo largo de todo el libro que pasan breves temporadas separados:
«Dear Lover:
  Sólo podemos recurrir a los amigos en la necesidad. Le pido perdón por haber preferido escribirle en lugar de decírselo personalmente, pero, en fin, dear lover, tendría una gran necesidad de cincuenta luises para pagar el mes de abril, doce luises y medio de una deuda de juego, y para no quedarme sin un chavo. No cobraré hasta final de mes. He enviado 500 luises al señor Du Châtelet para el equipaje de su hijo. Se lo pagaré en alquiler de la casa, o si lo desea tengo el billete del señor Du Châtelet que felizmente no he roto. No se extrañará de que no lo haya podido pagar. Guárdelo y présteme el dinero, y haremos una cuenta nueva; así no me lo gastaré, sería mejor para mí y para usted. Me presta un gran servicio, espero que pueda hacerlo, porque estoy segura de que, si puede, lo hará» (A Voltaire, ¿1743) (p. 184).
Finalmente, la última curiosidad que ha llamado poderosamente mi atención de entre todas estas cartas que conforman la correspondencia seleccionada en este libro, se refiere a que la última correspondencia de la marquesa du Châtelet se remite a un único destinatario, Saint-Lambert, salvo una que envía a su amiga de Lorena, Mme de Boufflers, donde le comunica, muy afligida, que está embarazada y que teme por su vida, es una carta remitida desde París, el 3 de abril de 1749 (pp. 207-208), transcribiremos algunos fragmentos:
« ¡Pues sí!, tengo que informarle de mi infortunado secreto sin esperar su respuesta sobre las garantías de guardarlo que le pedía [...], ya se imaginará la aflicción que me consume, lo que temo por mi salud y hasta por mi vida [...] lo afligida que me siento por mi hijo. No quiero que se sepa todavía, para que no se vea perjudicada su situación [...] Ya imaginará lo que cuento con su amistad, y cómo la necesito para ayudarme a soportar mi estado. Me sería muy duro pasar tanto tiempo sin usted y verme privada de usted durante el lance [...]».
Y por lo que se refiere a las cartas enviadas a Saint-Lambert, podemos decir que la marquesa le escribe casi diariamente unas misivas muy extensas, y que prácticamente a él van dirigidas todas las cartas que se conservan de Mme du Châtelet, son cartas donde se describe la pasión amorosa de Emilie por Saint-Lambert, poeta y militar en la corte de Luneville, que se erigen en símbolo de un sentimiento amoroso intenso y sin desfallecimientos; sin embargo, la actitud del amante no viene a corresponderle:
«Me puedo morir, los correos pueden perder sus paquetes, pero yo no puedo dejar de ocuparme de usted ni un momento, ni dejar de escribirle. No es amor ser tan impertinente e insensible, ni tratar a la amada con tanta altivez, ni estar dispuesto a abandonarla. Por muy mal que se hubiera portado, nunca podría escribirle una carta tan seca, creo que siempre le escribiré con ternura».
(A Saint-Lambert, 23 de mayo, 1748)
Con Saint-Lambert, sólo se amarán en un primer encuentro, y sólo será ella la que le solicite gestos de amor, mientras él no muestra ningún signo de implicación en la relación; esto hará que Émilie pronto se dé cuenta de la frialdad existente en esta relación y del desequilibrio emocional que ello le puede acarrear: “No se pueden hacer siempre monólogos; mi corazón está con usted desde que estáis en Luneville. Soy extrema, lo sabéis, es necesario que os ame con locura o que muera de dolor separándome de vos, no hay término medio”. En respuesta a esas cartas que contienen su inquietud, él se distancia: “Me escribís una carta en la que se ve lo que os cuesta llenar el papel”. Y la conclusión:
«Me arrepiento bien amargamente de haberme dejado seducir por vuestro amor y de haber creído que teníais un corazón digno del mío; me paso la vida llorando y me habláis del baile. Os adoro, es seguro; pero prefiero morir a amar sola, es demasiado suplicio».
(A Saint-Lambert, marzo, 1749)


BIBLIOGRAFÍA:


MADAME DU CHÂTELET, Discurso sobre la felicidad y Correspondencia, Edición de Isabel Morant Deusa, Ediciones Cátedra, Universitat de València, Instituto de la Mujer, Colección Feminismos, 1997.

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