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jueves, 21 de agosto de 2014

Discurso sobre la felicidad (III). La Felicidad en Madame du Châtelet: Introducción

La felicidad fue, sin duda, uno de los temas preferidos de Mme du Châtelet y sus amigos filósofos, siendo asimismo el tema estrella en las conversaciones y coloquios de los intelectuales que se reunían en Cirey, y que reivindicaban, con la marquesa y Voltaire a la cabeza, la felicidad y el placer de la naturaleza; compartiendo, en líneas generales, las posiciones existentes acerca del tema de la felicidad entre sus contemporáneos (Pope, Locke, Fontenelle y Maupertuis), que la concebían como el goce del placer y las pasiones; radicando la diferencia, quizá, en la fijación de un límite al "individualismo de las pasiones" en estos últimos, mientras que Émilie reivindicará la afirmación del deseo sin complejos morales y sin temores sociales; es decir, aquí opone su concepción de la felicidad a la de los moralistas, que predicaban la represión de las pasiones para que los hombres fueran felices; y añade, por otra parte, ciertos matices a la de sus contemporáneos, como puede ser el del placer de las pasiones satisfechas. Este debate abierto en torno a la felicidad entre unos y otros lo clarifica muy bien Mme du Châtelet en las primeras páginas de su obra, que constituyen -quizá- la tesis central de la misma:
"Empecemos diciéndonos para nuestro fuero interno, y convenciéndonos bien, que no tenemos nada que hacer en este mundo, sino procuramos sensaciones y sentimientos agradables. Los moralistas que dicen a los hombres: reprimid vuestras pasiones y domeñad vuestros deseos si queréis ser felices, no conocen el camino de la felicidad. Sólo somos felices gracias a las inclinaciones y las pasiones satisfechas; digo inclinaciones porque no siempre somos lo bastante felices como para tener pasiones, y a falta de pasiones, bien está contentarse con las inclinaciones. Pasiones tendríamos que pedirle a Dios si nos atreviéramos a pedirle alguna cosa, y Le Nôtre tenía mucha razón al pedirle al papa tentaciones en lugar de indulgencias" (p. 97).
En el mismo texto también hace una acotación respecto al público al que va dirigida la obra; su tratado de la felicidad va dirigido a lo que se llama gente de sociedad, a personas de su misma condición y categoría social, pues es consciente que este grupo selecto de la sociedad, entre los que ella está incluida no sólo por nacimiento sino también por matrimonio, se rige por un código moral distinto al del resto de los mortales, que viven sometidos a unas reglas férreas de moral que seguramente no aceptarían ninguno de los comportamientos y forma de vida de la alta sociedad; ésta tiene sus normas de convivencia y de conducta más indulgentes y permisivas hacia el estilo de vida mundano de la nobleza. También entiende que la felicidad no tiene los mismos contenidos para todas las clases sociales, cada una de ellas busca su felicidad atendiendo a sus condiciones particulares. Escribe, por tanto, para aquéllos que "han nacido con una fortuna hecha, más o menos brillante, más o menos opulenta, pero tal que pueden permanecer en su estado sin rubor, y quizá no sean los que tienen más fácil ser felices" (p. 99).

Hechas estas anotaciones, pasemos ya a las condiciones que, según Mme du Châtelet, son necesarias para ser felices:
"Para ser felices, debemos deshacernos de nuestros prejuicios, ser virtuosos, gozar de buena salud, tener inclinaciones y pasiones, ser propensos a la ilusión, pues debemos la mayor parte de nuestros placeres a la ilusión, y ¡ay de los que la pierdan!" (p. 96).
De estas condiciones, Émilie pone mayor énfasis en la ilusión y en las pasiones; éstas últimas son la condición sine qua non para poder disfrutar de grandes placeres y, por ende, para ser feliz; pero reconoce que estas pasiones, mayormente, no dependen de nuestra voluntad; pero lo que sí está en nuestras manos es hacer que dichas pasiones contribuyan a nuestra felicidad.

Una de las condiciones para tener pasiones, para conseguir nuestra felicidad, hemos dicho que es gozar de buena salud, "la primera de las fortunas", que, como dice Mme du Châtelet, no depende tanto de nosotros como se suele pensar; y, dentro de esta limitación, se traduce en una reglas para el cuidado del cuerpo y de la salud, entre las que destaca evitar la gula, los excesos y las vigilias, para poder vivir más o menos bien hasta una edad razonable. El cuidado del cuerpo y de la salud, se concibe aquí como medio para la consecución del bienestar y del placer de los individuos, que para ella han de gozar de buena salud, como condición para poder tener pasiones.

Una segunda condición que lleva a la consecución de la felicidad consiste en "estar desprovisto de prejuicios, y sólo depende de nosotros deshacernos de ellos" (p. 101). En su noción de prejuicio, Mme du Châtelet también da cabida a los estereotipos que se aceptan socialmente sin se cuestionados: "quien dice prejuicio dice una opinión aceptada sin examen". Y, de entre todos los prejuicios, los religiosos son los que influyen de manera más negativa en nuestra felicidad, favoreciendo nuestra desgracia, por ello "es muy sano deshacerse de ellos". 

En esta disertación, introduce una distinción intencionada entre prejuicios y decoro, quizá porque este último es uno de los límites a tener en cuenta en el modo de vida mundano de la alta sociedad, aceptando así sus reglas de conducta. Ella lo clarifica muy bien en su texto:
"Los prejuicios no tienen ninguna verdad y sólo pueden ser útiles a las almas deformes [...] El decoro tiene una verdad basada en las convenciones y es suficiente para que toda persona de bien no se permita apartarse de él" (pp. 101-102).
El decoro, para ella, es una virtud y, por ello, es necesario contemplarlo en el camino hacia la felicidad (para ser felices hay que ser virtuosos). Pero no entiende la virtud como una cualidad individual, sino como "todo aquello que contribuye a la felicidad de la sociedad y, por consiguiente, a la nuestra, porque somos miembros de la sociedad".

La felicidad está reñida con el vicio, con ser vicioso, pero en el sentido de ser falsos, pérfidos, calumniadores, delatores, ingratos, en definitiva, a los que están aquejados de vicios no sancionados por las leyes, pero que atentan contra las costumbres y las reglas de conducta establecidas por la sociedad y acatadas tácitamente por todos los que la componen. Pues "este desprecio público, esta animadversión de la gente de bien, es un suplicio más cruel que todos aquellos que podría infligir el oficial de justicia, porque dura más y jamás lo alivia la esperanza". Sin duda su comportamiento, su conducta a lo largo de su vida se ha adecuado perfectamente a este modus operandi de la moral establecida dentro de su selecto grupo de la sociedad aristocrática de la época: a pesar de su forma de vida libertina y un poco transgresora, siempre ha sabido guardar bien las apariencias con discreción y decoro.


Junto a estas condiciones necesarias para ser felices: gozar de buena salud, deshacerse de los prejuicios y ser virtuosos, existen otras habilidades de detalle que contribuyen a la consecución de la felicidad. La primera de ellas es tener un proyecto bien definido de vida: "estar muy decidido sobre lo que se quiere ser y lo que se quiere hacer"; para evitar la constante incertidumbre en el devenir de la vida, que lleva al arrepentimiento, "la más inútil y desagradable emoción que puede nacer en nuestra alma" (p. 105). Con ello se posiciona, nuevamente, en contra de la filosofía religiosa, que, con sus ideas de arrepentimiento, de temor y de contención, obstaculiza el deseo humano de la felicidad. Y, para protegerse de ella, Émilie nos propone la siguiente fórmula: Partiendo de donde estamos, tenemos que "emplear toda la sagacidad de nuestro juicio para reparar y encontrar medios para reparar, pero no hay que ir buscando el talón de Aquiles, y siempre debemos apartar de nuestra mente el recuerdo de las faltas: cuando les hayamos sacado el fruto que podíamos esperar, apartemos las ideas tristes y sustituyámoslas por agradables, pues ése es uno de los grandes motores de la felicidad, y es algo que está en nuestras manos hacer, al menos hasta cierto punto" (p. 105).

Después de elaborar ese proyecto de vida, ese saber quién se es y qué es lo que se quiere, debemos de dotarlo de un contenido que nos procure la felicidad; en pocas palabras, hay que tener pasiones para ser feliz. Pero no todas las pasiones serán válidas para nuestra felicidad; por ejemplo, la ambición "es una pasión de la que debemos defender nuestra alma", no porque sea incapaz de procurarnos felicidad, sino porque hace depender nuestra felicidad de los demás, "y cuanto menos dependa nuestra felicidad de los demás, más fácil nos resultará ser felices".

Aquí nos encontramos con la condición que, para Mme du Châtelet, resulta más importante para el logro de la felicidad: la independencia de los demás, como la clave imprescindible para ser más felices.

Por esta misma razón de independencia, una de las principales pasiones para ser felices será el amor al estudio, en el que se encuentra oculta la pasión de la gloria, como satisfacción del éxito de las mujeres.

De momento, ya tenemos un plan definido que nos lleve a la consecución de nuestra felicidad: gozar de salud, desechar los prejuicios, para llegar a ser virtuosos, y tener pasiones y la hagamos concurrir a nuestra felicidad, pero ¿cómo lo conseguimos? ¿Cómo hacemos que estas pasiones contribuyan al logro de la felicidad? Pues fijando claramente lo que queremos ser y lo que queremos hacer y, sobre todo, que eso sea posible realizarlo con independencia de los demás. Pero todavía es necesario un ingrediente más para que la receta de la felicidad tenga éxito: Émilie se refiere a este ingrediente como uno de los grandes secretos de la felicidad y se trata de la necesidad de desear y amar las cosas que poseemos; con ello hace referencia a que sólo somos felices cuando satisfacemos nuestros deseos (el placer de las pasiones satisfechas); para ella el gran secreto de la felicidad es: "Amar lo que poseemos, saber disfrutar de ello, saborear las ventajas de nuestro estado, no poner demasiado los ojos en los que nos parecen más felices, aplicarnos a perfeccionar lo nuestro y sacarle el mayor partido posible" (p. 109).

Pero para que ello sea posible, hay que tener pasiones y, entre éstas, Émilie señala como las más importantes para lograr la felicidad, siempre desde su óptica, el amor al estudio, como la más importante pues sólo depende de nuestra voluntad; la pasión al juego, siempre que se practique con moderación y como último recurso; la pasión al amor como productor de los mayores placeres -aunque sea la que más depende de los demás- y, finalmente, nos habla de las nuevos placeres que vienen con la edad. Pero veámoslos a continuación.





BIBLIOGRAFÍA:


MADAME DU CHÂTELET, Discurso sobre la felicidad y Correspondencia, Edición de Isabel Morant Deusa, Ediciones Cátedra, Universitat de València, Instituto de la Mujer, Colección Feminismos, 1997.

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