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sábado, 5 de julio de 2014

Mujeres Ganadoras del Premio Nobel (XXXIV). Wislawa Szymborska

Premio Nobel de Literatura, en 1996.





"Soy la que soy. Casualidad inconcebible como todas las causalidades".
(Prowent, actual Kórnik, 2 de julio de 1923 - Cracovia, 1 de febrero de 2012) Poetisa polaca, considerada como una de las más singulares de su país y como una de las mayores voces de la poesía contemporánea, que recibió el Premio Nobel de Literatura en 1996, "por la poesía que con precisión irónica permite al contexto histórico y biológico salir a la luz en fragmentos de la realidad humana".

La escritora y poetisa polaca nació en Prowent, localidad que fue absorbida por Bnin (ciudad que hoy forma parte de Kórnik), cerca de la ciudad de Poznan. Hija de un funcionario, en 1931 (cuando ella tenía 8 años) se trasladó con su familia a Cracovia, ciudad en la que se asentó de forma definitiva hasta el día de su muerte.


Después de terminar la educación secundaria, trabajó en los ferrocarriles y, más tarde, estudió filología y sociología -después de la Segunda Guerra Mundial- en la Universidad Jagellónica, tras lo cual inició su andadura literaria, consagrada esencialmente a la poesía, aunque también a la crítica y al ensayo en diversas publicaciones periódicas, en particular en Vida Literaria donde entró en 1953 y en la que tuvo una columna de crítica durante el período 1968-1981. Ahí aparecieron, desde 1968, sus "folletines literarios", a modo de poco convencionales críticas, que serían publicados en forma de libro en dos volúmenes, Lecturas facultativas (1973 y 1981). Su primer poema publicado, "Busco la palabra", apareció en 1945 en el Diario Polaco, y fue a partir del poemario Por eso vivimos (1952) cuando obtuvo reconocimiento público.

El inicio de su itinerario creativo se produjo bajo las normas estilísticas del realismo socialista imperante y denota tanto el estremecimiento por los crímenes de la guerra reciente como su identificación con los sufrimientos del pueblo polaco y su esfuerzo por superarlos. En esa estela, aunque ya anunciando algunas de las características de su obra posterior, en particular la ironía para abordar poéticamente los dilemas filosóficos que la inquietan, escribió Preguntas hechas a una misma (1954).
"Todo principio no es más que una continuación, y el libro de los acontecimientos se encuentra siempre abierto a la mitad".

Pero será con Llamada al Yeti (1957) cuando romperá definitivamente con los preceptos del régimen, en un ajuste de cuentas con su actitud anterior y también con la de la sociedad oficial. A partir de aquel año, en Polonia como en otros países, se inició un fuerte movimiento de rechazo de la imposición soviética y del doctrinarismo comunista, en forma de rebeldía nacionalista. Szymborska optó por la reflexión filosófica y ética, tomando distancia de los debates concretos, y siempre tiñendo de su peculiar humor sus indagaciones poéticas sobre el espíritu humano.

Sucesiva y discretamente fueron apareciendo sus obras de madurez: La sal (1962), Cien alegrías (1967), Todo caso (1972), Gran número (1976) y Gente en el puente (1986), hasta llegar a Fin y principio (1993). Pese a abordar de forma continua lo que considera los más hondos recovecos del ser humano, Wislawa Szymborska tiende a despojar su poesía de gravedad retórica, para lo cual recurre al distanciamiento intelectual y emocional por medio del aludido humorismo presente en casi todos sus libros, junto con el frecuente recurso del lenguaje coloquial, la sencillez, los versos breves y la estructura de estrofas clásica.

Otro de los rasgos de su obra es su facultad para desvelar lo insólito a través de los hechos y los fenómenos aparentemente más significantes y cotidianos. En realidad, su visión de la sociedad es pesimista y amarga, de modo que los individuos disponen tan sólo de la lucidez y la ironía para afrontar sus dolorosas relaciones con el medio que les determina.

Su breve obra, compuesta de no más de diez títulos entre poesía y prosa, se ha convertido en un espejo a la vez irónico y puntual de la procelosa época que le tocó vivir. Lo logró a fuerza de hacer de su poesía el lugar de un insólito intercambio de preguntas y respuestas al que se entregó desde 1956, cuando los poetas polacos descubrieron, casi masivamente, que podían responder de forma amplia a las preguntas prohibidas por la política, o enmascaradas por la estulticia ideológica. En Szymborska esto dio origen a un interrogar en clave poética, más cercano como en Pascal a las razones del corazón que a las de la razón, lo cual no significa que desde entonces se halle de espaldas al saber, ya que no a la filosofía de su época, sino todo lo contrario; éste es la piedra de toque de su poesía. En este sentido se adaptaba bien al tipo de poesía humana y humanista que Baudelaire definiera como aquél que camina fraternalmente entre la ciencia y la filosofía, lo cual se corresponde bien con las características de una obra "humana" hasta la saciedad aunque temerosa -y con razón- del "humanismo" que, desde fecha muy temprana, la autora sustituyó por una especie de culto por la ciencia. Pues es a través de la ciencia, por más extraño que parezca, como la poetisa se acerca al objeto hombre, haciendo de él el sujeto principal de su poesía.
"Tengo muchísimos defectos, pero una virtud: la curiosidad por todo -revela-. Ese es mi motor. (...) La vida es tan rica... Todo está lleno de variedad."

De forma muy reveladora, en 1996, en su discurso de recepción del Nobel* citó, no a los escritores polacos que la antecedieron, sino a su compatriota la investigadora científica María Sklodowska Curie, galardonada dos veces con él. La elogió por una razón poética que a ella misma le era sumamente cara: por haberse dicho "no sé" (punto de partida socrático, premisa de la mayéutica). ¿Pues no fue ésa la manera como ella misma cruzó el puente entre ciencia y poesía, convirtiendo las respuestas de una en preguntas de la otra, y asumiendo el interrogar mismo como fundamento de su poética? De ahí proviene lo más esencial de su olfato literario, ese sexto sentido que hace de sus hallazgos verbales algo derivado del sentido de la "ocurrencia"  y mide su eficacia por su capacidad para hacernos ver como diferente, en un fogonazo distanciador, el mundo "humano" que reconocemos como propio. Sin este sentido, el cuadro que podríamos trazar del viaje que en su poesía el hombre hace desde el mono, que está en su origen, hasta los pascalianos horizontes de la esperanza, en los que parece intuir a un dios oculto que no es otra cosa que el hombre mismo, nos impediría disfrutar del efecto más deslumbrante y enriquecedor de la obra de esa gran dama de la poesía polaca y europea.

Los que preguntan para qué sirve el premio nobel encontraron una respuesta en octubre de 1996; ese año el secretario de la Academia Sueca nombró a una poetisa polaca cuyo apellido todavía estamos aprendiendo a pronunicar. Los que suelen dudar del olfato de los académicos de Estocolmo tuvieron que darles la razón cuando leyeron a una autora cuya poesía está hecha de una mezcla de emoción e ironía, metafísica y cotidianidad: "Lee a Jaspers y revista de mujeres", escribió en un poema. 


"Alma se tiene a veces.
Nadie la posee sin pausa
y para siempre. 
Día tras día,
año tras año
pueden transcurrir sin ella.
A veces solo en el arrobo
y los miedos de la infancia
anida por más tiempo.
A veces nada más en el asombro
de haber envejecido".

"El poeta de hoy es escéptico e incluso desconfiado", dijo en su discurso* de recepción del galardón, uno de los más breves e irónicos que se recuerdan. "Cuando escribo siempre tengo la sensación de que alguien está detrás de mí haciendo muecas. Por eso huyo, todo lo que puedo, de las grandes palabras", afirmó también una escritora cuyos versos están llenos de paréntesis que contradicen, retocan y matizan cada uno de los términos que va anotando.




La poeta polaca cruzó casi todo lo acontecido en el siglo XX, y es una de las escritoras que se caracterizó por su compromiso cívico. En sus primeros libros reflejó algunas de sus inquietudes políticas, pero después se distanció de dogmas. Su compromiso, que lo tuvo, fue con lo social, con su crítica contra lo ridículo y superfluo de la condición humana.

Después del Premio Nobel, 1996, la poetisa se trasladó al piso en el que pasó sus últimos años y al que asistieron sus amigos y traductores.

Mujer de pocas palabras, su producción no llegará a los 400 poemas, Szymborska siempre se fijó en la esencia de las cosas cotidianas para buscar la profundidad en ellas y hacerlas visibles. 
"Nada sucede dos veces ni va a suceder, por eso sin experiencia nacemos, sin rutina moriremos."

Rilke venía a decir que el que se aburre en la vida cotidiana, porque le parece pobre, es que no es buen poeta por no saber apreciarla, y justo esto es lo que nunca le pasó a la premio nobel polaca Wislawa Szymborska, quien sublimó lo cotidiano, con humildad y humor para elevar al ser humano.

Wislawa Szymborska, un verdadero mito en Polonia, nos dejó el 1 de febrero de 2012, a los 88 años de edad, en su casa de Cracovia, donde pasó sus últimos años, recluida en un piso sin lujo alguno y con aires de vivienda de protección oficial pero en el que nunca faltaban ni los bombones ni el brandy. En él recibía a sus amigos, a sus traductores y a periodistas a los que preguntaba ella para evitar tener que ponerse demasiado seria.
"Creo que cada poema lo escriben dos personas. Hay una persona que es la que siente las cosas, la que las experimenta, la que piensa. Y otra persona, que está detrás de mí y dice: '¿No estarás exagerando?, ¿qué va a entender el lector de lo que estás escribiendo? y, además, ¿para qué le sirve?' Ese yo irónico está siempre, pero si desaparece escribiré muy malos poemas... ¡Y si desaparezco yo, también serán malos!"
Wislawa Szymborska, entrevistada por Félix Romeo 


* DISCURSO DE ACEPTACIÓN DEL PREMIO NOBEL DE LITERATURA, EN 1996

"Se dice que en un discurso lo más difícil es siempre la primera frase... Pues ya le dije... Pero presiento que las que siguen van a ser igualmente difíciles, la tercera, la sexta, la décima, hasta la última, ya que debo hablar sobre poesía. Muy raras veces me he expresado acerca de este tema, casi nunca, y siempre con la convicción de que no lo hago muy bien. Por eso mi discurso no va a ser demasiado largo. Toda imperfección resulta más fácil de aguantar si se sirve en pequeñas dosis.

El poeta contemporáneo es escéptico y desconfía incluso -o más bien principalmente- de sí mismo. Con desgano confiesa públicamente que es poeta -como si se tratara de algo vergonzoso. En estos tiempos bulliciosos es más fácil que admitamos los vicios propios, con tal de causar efectos fuertes; mucho más difícil es reconocer las virtudes, ya que están escondidas más profundamente, y hasta uno mismo no cree tanto en ellas. En las encuestas o en los encuentros con amigos ocasionales, cuando el poeta se ve forzado a definir su profesión, acude al término genérico "escritor" o al de alguna otra profesión que adicionalmente ejerza. El empleado público o los eventuales compañeros de viaje reciben con cierta perplejidad e inquietud la noticia de que están tratando con un poeta. Sospecho que los filósofos también producen semejante inquietud. No obstante, ellos se encuentran en mejor situación, ya que generalmente pueden adornar su profesión con algún grado académico. Profesor de Filosofía -ya suena mucho más serio.

No existen profesores de poesía, lo que haría suponer que esta actividad requiere de estudios especializados, exámenes presentados en fechas precisas, disertaciones teóricas rematadas con bibliografía y notas y, finalmente, los diplomas recibidos con solemnidad. Todo esto, a su vez, significaría que para graduarse de poeta no bastarían las hojas de papel, aun cuando estuvieran llenas de excelentes versos, sino que se necesitaría, sobre todo, un papel con sello y firma. Recordemos que justamente ésta fue la razón por la que condenaron al destierro a Josef Brodsky, orgullo de la poesía rusa, quien más tarde fue galardonado con el Premio Nobel. A Brodsky se le clasificó como "parásito", por no contar con un certificado oficial que le permitiera ser poeta... Hace un par de años tuve el honor y la alegría de conocerlo en persona. Me di cuenta de que solamente a él, entre todos los poetas que he conocido, le gustaba llamarse a sí mismo "poeta"; pronunciaba esta palabra sin conflictos internos y hasta con cierta desafiante desenvoltura. Pienso que se debía al recuerdo de las violentas humillaciones que sufrió en su juventud.

En países más dichosos, donde la dignidad humana no es transgredida tan fácilmente, los poetas, obviamente, quieren ser publicados, leídos y entendidos, pero ya no hacen nada o casi nada en su vida cotidiana para destacar entre la gente. Sin embargo, hace poco, en las primeras décadas de nuestro siglo, a los poetas les gustaba escandalizar con su ropa extravagante y con un comportamiento excéntrico. Aquellos no eran más que espectáculos para el público, ya que siempre tenía que llegar el momento en que el poeta cerraba la puerta, se quitaba toda esa parafernalia: capas y oropeles, y se detenía en el silencio, en espera de sí mismo frente a una hoja de papel en blanco, que en el fondo es lo único que importa.


Hay algo que resulta muy característico. Continuamente se filman películas biográficas sobre grandes científicos y artistas. La tarea de los directores más ambiciosos es mostrar en forma verosímil el proceso creativo que condujo a importantes descubrimientos científicos o a la creación de grandes obras de arte. Se puede, con aceptables resultados, mostrar el trabajo de algunos científicos: laboratorios, instrumentos diversos y aparatos puestos en marcha logran por unos momentos mantener la atención de los espectadores. Además, resultan muy dramáticas las escenas de suspenso, cuando un experimento repetido miles de veces logró dar finalmente, merced a una mínima modificación, con el resultado tan esperado. Espectaculares pueden ser las películas sobre pintores, ya que es posible reconstruir todas las fases de creación de un cuadro -desde la primera raya hasta la última pincelada. Las películas sobre los compositores se llenan con su música: desde los primeros compases, que el creador escucha en su interior, hasta la obra madura ya terminada y repartida entre varios instrumentos. Todo sigue siendo muy ingenuo y no dice nada sobre el extraño estado de ánimo que se conoce comúnmente como inspiración, pero por lo menos hay algo para ver y oír.

El peor de los casos es el de los poetas. Su trabajo resulta irremediablemente poco fotogénico. Uno permanece sentado a la mesa o acostado en un sofá, con la vista inmóvil, fija en un punto de la pared o en el techo; de vez en cuando escribe siete versos, de los cuales, después que transcurre un cuarto de hora, va a quitar uno y de nuevo pasa una hora en la que no ocurrirá nada -¿Qué clase de espectador podría soportar una cosa semejante?

He mencionado la inspiración. A la pregunta de qué cosa es, suponiendo que algo sea, los poetas contemporáneos responden de modo evasivo. Y no porque nunca hayan sentido los beneficios de este impulso interior, más bien se debe a otra causa: no es fácil explicar a los demás algo que ni siquiera se comprende bien.

Yo misma he evadido el asunto cuando me lo han preguntado. Y contesto lo siguiente: la inspiración no es privilegio exclusivo de los poetas ni de los artistas en general. Hay, hubo, habrá siempre un número de personas en quienes de vez en cuando se despierta la inspiración. A este grupo pertenecen los que escogen su trabajo y lo cumplen con amor e imaginación. Hay médicos así, hay maestros, hay también jardineros y centenares de oficios más. Su trabajo puede ser una aventura sin fin, a condición de que sepan encontrar en él nuevos desafíos cada vez. Sin importar los esfuerzos y fracasos, su inquietud no desfallece. De cada problema resuelto surge un enjambre de nuevas preguntas. La inspiración, cualquier cosa que sea, nace de un perpetuo "no lo sé".

La gente así es bastante escasa. La mayoría de los habitantes de esta tierra trabaja porque necesita conseguir los medios de subsistencia, trabaja porque no le queda de otra. No fueron ellos quienes por pasión escogieron su trabajo, son las circunstancias de la vida las que escogen por ellos. El trabajo mal querido, el trabajo que aburre, es respetado únicamente porque no resulta accesible para todos, y está situación constituye una de las más penosas desgracias humanas. No se vislumbra que los siglos venideros traigan un cambio feliz al respecto.

Así pues, tengo derecho a decir que aunque le estoy escamoteando a los poetas el monopolio de la inspiración, de cualquier manera los coloco en un grupo reducido de elegidos por la suerte.

En este punto pueden surgir ciertas dudas en los oyentes, si consideran que a los diversos verdugos, dictadores, fanáticos, demagogos que luchan por el poder con ayuda de un par de consignas gritadas en tono muy alto, también les gusta su trabajo y también lo llevan a cabo celosamente. Cierto, pero ellos sí "saben". Saben, y lo que saben una sola vez les basta para siempre. Ya no tienen curiosidad por saber más, puesto que podría debilitarse su fuerza de argumentación. De modo que cualquier tipo de saber del que no surgen preguntas muy pronto fenece, pierde la temperatura propicia para la vida. En casos extremos, como es bien conocido en la historia antigua y contemporánea, puede resultar mortalmente amenazador para las sociedades.

Por lo anterior, estimo altamente estas dos pequeñas palabras: "no sé". Pequeñas, pero dotadas de alas para el vuelo. Nos agrandan la vida hasta una dimensión que no cabe en nosotros mismos y hasta el tamaño en el que está suspendida nuestra Tierra diminuta. Si Isaac Newton no se hubiera dicho "no sé", las manzanas en su jardín podrían seguir cayendo como granizo, y él, en el mejor de los casos, solamente se inclinaría para recogerlas y comérselas. Si mi compatriota María Sklodowska-Curie no se hubiera dicho "no sé", probablemente se habría quedado como maestra de química en un colegio para señoritas de buena familia y en este trabajo, por otra parte muy decente, se le hubiera ido la vida. Pero siguió repitiéndose "no sé" y justo estas palabras la trajeron dos veces a Estocolmo, donde se otorgan los premios Nobel a personas de espíritu inquieto y en búsqueda constante.

También el poeta, si es un verdadero poeta, tiene que repetirse perpetuamente no sé. Con cada verso intenta responder, pero en el momento en que pone el punto final, le asaltan las dudas y empieza a advertir que su respuesta es temporal y en ningún caso satisfactoria. Entonces prueba otra vez y otra vez, para que a las sucesivas muestras de su insatisfacción consigo mismo los historiadores de la literatura las sujeten con un clip enorme para denominarlas La Obra.

A veces fantaseo con situaciones inverosímiles. Me imagino, por ejemplo, en mi osadía, que tengo la oportunidad de platicar con Eclesiastés, autor de un lamento estremecedor sobre la vanidad de todas las empresas humanas. Me habría inclinado muy hondamente ante él, ya que es -por lo menos para mí- uno de los poetas más importantes. Pero luego lo habría cogido de la mano: "Nada hay nuevo bajo el sol", has escrito , Eclesiastés. Sin embargo, Tú mismo has nacido nuevo bajo el sol. Y el poema que has creado también es nuevo bajo el sol, ya que antes de Ti nadie lo había escrito. Y nuevos bajo el sol son tus lectores, puesto que los que vivieron antes que Tú no te podían leer. Y el ciprés, en cuya sombra te sentaste, no crece aquí desde el principio del mundo. Le dio origen otro ciprés, semejante al tuyo, pero no en todo igual. Y además te quisiera preguntar, Eclesiastés, ¿qué desearías escribir, ahora, de nuevo bajo el sol? ¿Algo con qué completar tus ideas, o tal vez tienes la tentación de negar algunas de ellas? En tu poema anterior concebiste también la alegría, y ¿qué hay del hecho de que resulte ser tan pasajera? ¿Tal vez sobre ella va a tratar tu nuevo poema bajo el sol? ¿Tienes ya algunos apuntes o primeros esbozos? Pues no dirás "ya he escrito todo, no tengo nada que añadir". Esto no lo puede decir ningún poeta, y mucho menos uno tan grande como Tú.

El mundo, a pesar de cualquier cosa que podamos pensar sobre él, espantados por su inmensidad y nuestra impotencia ante él, amargados por su indiferencia frente a los sufrimientos particulares de la gente, de los animales y tal vez de las plantas -ya que ¿de dónde proviene la certeza de que las plantas están libres de sufrimientos?-; a pesar de cualquier cosa que pensemos sobre sus espacios atravesados por la radiación de las estrellas, alrededor de las cuales se empieza a descubrir algunos planetas -¿ya muertos?, ¿todavía muertos?, no se sabe-; a pesar de cualquier cosa que pensáramos sobre este teatro inmenso, para el cual tenemos un billete de entrada pero su vigencia es ridículamente corta, limitada por dos fechas decisivas; a pesar de no sé qué cosa más que pudiéramos pensar sobre este mundo: es asombroso.

Pero en la expresión asombroso se esconde una trampa lógica. Nos causa asombro lo que sobresale de la norma conocida y comúnmente aceptada, de una obviedad a la cual estamos acostumbrados. Pues bien, un mundo así, obvio, no existe. Nuestro asombro es autónomo y no procede de ninguna comparación de ningún tipo.

De acuerdo, en el habla cotidiana, la cual no recapacita sobre cada palabra, usamos expresiones como la vida común, los acontecimientos comunes... Sin embargo, en la lengua de la poesía, donde se pesa cada palabra, ya nada es común. Ninguna piedra y ninguna nube sobre esa piedra. Ningún día y ninguna noche que le suceda. Y sobre todo, ninguna existencia particular en este mundo.

Todo indica que los poetas tendrán siempre mucho trabajo."



© The Nobel Foundation


FUENTES: El País/Cultura (01/02/2012); El País/Cultura (23/06/2014); Biografiasyvidas.com; Banrepcultural.org; Elmalpensante.com; El río perdido; Akifrases; Frasedehoy.com; Szymborskapoesia.blogspot.com.es.

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