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martes, 22 de julio de 2014

Mujeres Ganadoras del Premio Nobel (XLVII). Alice Munro

Alice Munro, la maestra del cuento contemporáneo.



Premio Nobel de Literatura, en 2013.

"Me educaron para creer que lo peor que podía hacer era llamar la atención sobre mí, o pensar que era inteligente o brillante".

Alice Ann Munro, de nacimiento Alice Ann Laidlaw (Wingham, Ontario, 10 de julio de 1931) es una narradora canadiense, sobre todo de relatos. Está considerada como una de las escritoras actuales más destacadas en lengua inglesa. En 2013 le fue otorgado el Premio Nobel de Literatura, convirtiéndose así en la decimotercera mujer en conseguir tan prestigioso galardón.

Alice Munro nació en Wingham, Ontario, en julio de 1931. Vivió primero en una granja al oeste de esa provincia canadiense, en una época de depresión económica; esta vida tan elemental fue decisiva como trasfondo en una parte de sus relatos.

Conoció muy joven a Michael Munro, en la Universidad de Western Ontario, donde Alice empezó a estudiar Filología inglesa y Periodismo, pagándose sus estudios con el ejercicio de trabajos manuales, y que tuvo que dejarlo para casarse y ser ama de casa. Se casó en 1951, y se instalaron en Vancouver. Tuvo su primera hija a los 21 años. Luego, ya con sus tres hijas, en 1963 se trasladó a Victoria, donde manejó con su marido una librería.

Se divorció en 1972, y al regresar a su estado natal se convirtió en una fructífera escritora-residente en su antigua universidad. Volvió a casarse en 1976, con Gerald Fremlin. A partir de entonces, consolidó su carrera de escritora, ya bien orientada.

La Escritora

Alice Munro se había iniciado de joven con cuentos (escritos desde 1950), escritos en el poco tiempo que había tenido hasta entonces, así como había publicado dos recopilaciones de relatos y una novela.

Alice encontró su habitación propia en sus lecturas predilectas. Entre su vida de ama de casa y una formación literaria autodidacta, tras el paso por la universidad, que dejó a medias, labró paso a paso, "a la hora de la siesta de mis dos hijas", una obra que recorre un trazo emocional profundo y retrata la vida de interior de personajes en busca de un lugar en el mundo. La franqueza cotidiana de sus personajes, combinada con una complejidad psicológica reservada a los grandes escritores, hace de sus cuentos experiencias únicas, por las que ha sido comparada con el escritor ruso Chéjov. Tras vender varios cuentos a la radio pública canadiense y en otras revistas, un artículo en The Vancouver Sun, el año 1961, reclamaba la atención ante su escritura con un reportaje en el que aparecía una frase legendaria: "Ama de casa encuentra tiempo para escribir relatos".

La escritura sin vanidad de la autora canadiense reconstruye la tradición del realismo, bebiendo de los grandes nombres de las letras anglosajonas para elaborar un mundo propio, encontrado en una educación de profunfidad ética inaudita. Tras un divorcio y un intento de librería a medias con su marido, Munro se consagró a la vida cotidiana y a la escritura, una combinación que da como resultado la regularidad y el tesón. Su vida y su escritura están poblados de personajes humildes, epifanías de realidad forjadas a base de paciencia.

Antes de 1976, escribió Dance of the Happy Shades (1968), sus primeros cuentos, algunos muy tempranos en su vida; pero también la importante novela Las vidas de las mujeres (1971), y los relatos entrelazados Something I've Been Meaning to Tell You (1974).

Luego, publicó nuevas colecciones de relatos, The Beggar Maid (1978), Las lunas de Júpiter, The Progress of Love (1986), Amistad de juventud y Secretos a voces (1994). Ya había sido traducida al español en esa década, pero empezó a ser conocida definitivamente en nuestro siglo, con los relatos de Odio, amistad, noviazgo, amor matrimonio (2001) y luego con los de Escapada (2004). Se había mantenido como una escritora algo secreta.

En La vista desde Castle Rock, 2006, hizo un balance de la historia remota de su familia, en parte escocesa, emigrada al Canadá, y describió ampliamente las dificultades de sus padres. Su libro se alejaba un punto de su modo expresivo anterior. Por entonces, habló de retirarse, pero la publicación del excelente Demasiada felicidad (nuevos cuentos, aparecidos en 2009), lo desmintió.

Además, en 2012, ha publicado otro libro de relatos -con el título Dear Life (Mi vida querida)-, son cuentos más despojados y más centrados en el pretérito. En su última sección se detiene en un puñado de recuerdos personales, que pueden verse como una especie de confesión definitiva de la autora, pues son "las primeras y últimas cosas -también las más fieles- que tengo que decir sobre mi propia vida".



Munro, que no se ha prodigado en la prensa, ha reconocido el influjo inicial de grandes escritoras -Katherine Anne Porter, Flannery O'Connor, Carson McCullers o Eudora Welty-, así como de dos narradores: James Agee y, especialmente, Williams Maxwell. Sus relatos breves se centran en las relaciones humanas analizadas a través de la lente de la vida cotidiana. Acostumbra pasar largas temporadas de vacaciones en la ciudad colombiana de Cartagena de Indias, donde ha escrito varias de sus novelas.


Primer Libro

En 1950, publicó su primer libro, The dimensions of a shadow. y, aunque no dejó de escribir, sus siguientes publicaciones no vieron la luz hasta una década después.

Su prosa está repleta de detalles y precisión narrativa y con total ausencia de énfasis retóricos. Sus relatos tienen como denominador común su precisa localización geográfica, una zona conocida como "Munro Tract", algo así como el Condado de Munro.

La escritora ha comentado en ocasiones que no necesita adornar a sus personajes, pues "la vida de la gente es suficientemente interesante, por lo que si tú consigues captarla puede ser monótona, sencilla, increíble, insondable".

Según los críticos, la pluma de Munro acostumbra a enganchar al lector con giros inquietantes, a pesar de su ritmo pausado. Para la profesora Mónica Carbajosa, estudiosa de la obra de Alice Munro, la canadiense es una "corredora de fondo", capaz de matices significativos y reveladores al más puro estilo de Proust. 

El cuento de Munro

Su inclinación por el cuento o el relato breve viene dada por escritoras que le han influido en gran medida: Eudora Welty, Katherine Anne Porter, Katherine Mansfield, Elizabeth Bishop, Flannery O'Connor o Carson McCullers.

Además, el cuento tiene una gran vitalidad en la literatura canadiense, gracias a las aportaciones de la propia Nobel y otras narradoras, como Isabella Valancy Crawford, Ethel Wilson, Margaret Laurence, Mavis Gallant, Audrey Thomas o Sandra Birdsell.

En 1968, apareció su colección de cuentos Dance of the happy shades, de gran éxito, y, posteriormente, Lives of girls and women (1971) y Who do you think you are? (1978), con el que ganó el premio Governor General's Literary.

En España, empezó a tener amplia difusión en los años noventa, con la publicación de Secreto a voces (1994) y El amor de una mujer generosa, por la que recibió el Giller Prize 1998.

Asimismo, su novela Escapada (llevada al cine por Jane Campion) obtuvo en 2004 otro premio Giller Prize; después vendrían títulos como La vista desde Castle Rock (2006), Too much happiness (2009), Las vidas de las mujeres (2001) y Mi vida querida (2012).


La comparan con Faulkner

Muchos críticos la comparan con los narradores del sur de EE.UU., como William Faulkner o Flannery O'Connor, e incluso hallan paralelismos con Tolkien y su "Tierra Media".

Además, la presencia de un "narrador omnisciente", es decir, una tercera persona que cuenta la historia y conoce todos sus detalles, dota a su obra de coherencia y sentido.

Aparte del Nobel, ha recibido otros premios como el Canadian Booksellers Award for Lives Of Girls And Women, el National Book Critics Circle Award, el Giller Prize y el Man Booker International Prize.

En 2001, fue una de los tres finalistas al Premio Príncipe de Asturias de las Letras junto a Ian McEwan y a Leonard Cohen, que finalmente lo ganó.

La Alice Munro más personal: Huida y vocación (por Antonio Muñoz Molina / El País / 06/05/2005)

Alice Munro tiene una espléndida corola de pelo blanco luminoso y revuelto y una gran sonrisa que se convierte fácilmente en carcajada durante las entrevistas que le hacen en la radio. A los 74 años, no es una de esas mujeres de las que se dice que han debido de ser muy guapas: es una mujer muy guapa, con una cara de expresión tan intensa como las aventuras de su vida, con unos ojos brillantes en los que se mantiene intacta la curiosidad por el mundo que la llevó a concebir para sí misma una resuelta vocación literaria desde el principio de su adolescencia. Las coordenadas de su biografía son las mismas que las de su literatura: nacida en 1931, en una zona rural de la provincia de Ontario, conoció de niña la exaltación de la naturaleza y de los espacios abiertos y también las penurias de la Depresión. Los paisajes canadienses en los que transcurrió su infancia aún conservaban una parte del espíritu de frontera, promesa de aventura y dureza brutal de la existencia que habían conocido no mucho tiempo atrás los pioneros recién llegados, los hombres y mujeres de la generación de los abuelos de Alice Munro. El principio de su vida adulta coincidió con el sato del pasado rural a la prosperidad suburbana y al primer consumismo de los años cincuenta. La niña aventurera y lectora, aficionada a inventar para sí misma novelas y porvenires fabulosos, atada al aislamiento y a la escasez de la granja familiar y al mismo tiempo empapada en las impresiones paradisíacas, de una infancia en estrecho contacto con una naturaleza todavía parcialmente indomada, se convirtió primero en estudiante pobre y con beca en una universidad provinciana y luego en ama de casa, atrapada fatalmente en una vida de obligaciones domésticas, embarazos, crianza de hijos, subordinación a la carrera o al negocio del marido, en su caso una librería en Vancouver. 

En la universidad, Munro había empezado a publicar algunos cuentos en revistas y a recibir alguna atención . Su retirada hacia la vida familiar la redujo durante años a un silencio que seguramente tenía mucho de capitulación. Desde niña se había sabido rara y distinta, y había comprendido que para no sufrir el escarnio de los demás tendría que disimular, fingir que acataba las expectativas permitidas a una mujer. Preferir secretamente la vocación de la literatura a la de la maternidad tenía algo de impulso de perdición.


De esos años en los que se debió de ver a sí misma atrapada por la invisibilidad y la renuncia, encerrada en la vida de conformidad y confort que retrataban las películas -el marido, los hijos, la casa con jardín, los electrodomésticos- procede un tipo de personaje que se repite mucho en las historias de Alice Munro: la mujer que guarda sus sentimientos y sus pasiones para sí, debajo de una superficie apacible, y que de pronto un día se atreve a hacer algo que le provoca remordimiento pero de lo que no se arrepiente, porque sabe que no podría haber actuado de otra manera. Las mujeres de Alice Munro huyen de pronto, desertan, se entregan a aventuras eróticas que saben insensatas pero a las que no quieren renunciar, abandonan a sus familias y renuncian a la respetabilidad social y a la solidez económica para instalarse en ciudades lejanas, en baratos apartamentos alquilados. Obtienen trabajos mediocres, escriben cartas, resisten a cuerpo limpio el cerco de la soledad y el desasosiego de la culpa. No son víctimas del abuso físico, cargadas de razones, o mujeres de una altura intelectual o de romanticismo que sus romos maridos no aceptan ni entienden. No son exactamente buenas, ni positivas, a la manera de esas heroínas como de realismo socialista soviético que abundan en la literatura considerada canónicamente de mujeres. Sus maridos las aman y les tienen respeto, pero ellas no están interesadas en el respeto ni en el amor de sus maridos, y les son infieles con mala conciencia, pero también con perfecta convicción, con una distancia fría que es la misma que a veces dedican a sus hijos. Cuidan a esposos o a padres enfermos, cumpliendo antiguas deudas de ternura, y a la vez sienten la molestia inmensa de esa obligación, y desearían salir huyendo de ella.

En las historias de Alice Munro las protagonistas saben que elegir tiene un precio muchas veces muy alto, y que lo más deseado, lo que más se corresponde con la verdad íntima de uno mismo, puede ser dañino o cruel para otros. Su atención cuidadosa y escrutadora a los sentimientos es un cristal transparente que no se empaña nunca de complacencia ni de sentimentalismo. Sus mujeres tienen la tentación urgente del porvenir y el legado de una memoria que las vincula a un ayer extinguido, opresor y mezquino, marcado por la pobreza y las tristes sombras familiares, pero también iluminado por las sensaciones de la infancia. Dice Alice Munro que tiene muy buena memoria: que al ver al cabo de 50 años una foto en blanco y negro de los alumnos de su clase podía acordarse de los colores de la ropa que cada uno llevaba. En su escritura, tan limpia, está esa claridad en las percepciones, esa capacidad de revivir los pormenores de un objeto vulgar o de una planta o del plumaje de un pájaro y de transmitir el tono de una voz y las singularidades del habla de alguien.


La oí decir hace poco, en la radio, que muchas veces ha empezado historias que le parecían destinadas a convertirse en novelas, pero que siempre acaban siendo relatos más o menos cortos, con frecuencia sutilmente conectados entre sí. Lo decía riéndose, como aceptando una fatalidad contra la que no puede hacer nada. Pero los relatos de Alice Munro contienen muchas veces novelas enteras, abarcan amplitudes temporales y saltos de generaciones que uno no imaginaba que pudieran caber en el espacio de unas pocas decenas de páginas. "Veo la vida como piezas separadas que no acaban de encajar entre sí", decía en esa entrevista: pero esas piezas, en la trama de sus relatos, muy detalladas y a la vez despojadas de lazos precisos de continuidad, trazan perspectivas temporales que nos sobrecogen con ese sentimiento de duración, de aprendizaje y de pérdida, que parece privativo de la novela. Hay cuentos de Alice Munro que contienen una novela río en la limpia brevedad de un vaso de agua.

Su mundo es limitado, en el espacio y en el tiempo, en el repertorio de sus temas y de sus imágenes, y a la vez parece prácticamente infinito. Desde la primera línea uno sabe que ha ingresado en un cuento de Alice Munro y agradece esa familiaridad, y al mismo tiempo se mantiene alerta para apresar los nuevos matices, los quiebros, los espacios en blanco, las sorpresas con las que sin duda va a encontrarse. En la literatura los márgenes se convierten en el centro. Lugares y vidas dejados de la mano de Dios resultan contener un mapa preciso y palpitante y completo del mundo: el Sur de Faulkner, la Trinidad de las primeras novelas de V. S. Naipaul, los barrios judíos de Varsovia y las aldeas del Este de Europa de Bashevis Singer, la Santa María provinciana de Juan Carlos Onetti. A ese gran planisferio de la literatura moderna Alice Munro ha añadido su rincón apartado de la provincia de Ontario, habitado por mujeres tan bravas y rectas como ella, por seres ásperos, pintorescos y perdidos de un mundo que ya no existe. Su naturalidad es tan perfecta, sus personajes parecen tan comunes, que no siempre se advierte a primera vista la magnitud de su talento. Esa señora canadiense de pelo blanco, de voz educada e irónica, de risa fácil, es uno de los grandes en la literatura de ahora mismo.




FUENTES: EFE; El triunfo de arciniegas; La Central, Blog.javiermarias.es.

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