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domingo, 8 de junio de 2014

El Harén Político. El Profeta y las mujeres, de Fatima Mernissi (y II): Conclusiones

Por Fátima Mernissi (en Webislam.com, Comunidad islámica mundial)

Fátima Mernissi
Ir de viaje a Medina y abandonarla en plena guerra civil no parece ser la mejor forma de finalizar una peregrinación a las fuentes. Habríamos podido esperar al año 8 (630) y la entrada triunfal de Muhámmad en la Kaaba tras la toma de Meka. Habríamos podido celebrar con él el éxito de un hombre que sabía perfectamente que sólo se puede ser profeta en su tierra. Habríamos podido presenciar el momento en que hizo añicos los ídolos, símbolos de la Arabia pagana: «El Profeta entró en la ciudad montado en un camello y tocado con un turbante negro. Iba precedido de Alî, que llevaba su estandarte, y rodeado de muhayirun y ansâr. Cuando llegó a la puerta de la ciudad, ordenó levantar su tienda de cuero de Taif en el otero donde Zubair había plantado su bandera ... . El 20 del mes de ramadán, el Profeta hizo su solemne entrada en el templo. A la puerta, descendió del camello, entró en la explanada y dio las vueltas rituales alrededor de la Kaaba. Durante ese tiempo, la gente supo que no se produciría una matanza; abandonó su casa y se dirigió al templo. Una vez cumplidas las vueltas, el Profeta mandó abrir la puerta del templo y retirar todos los ídolos, que mandó destruir ... . Después, salió, se detuvo en la puerta y miró la explanada que se había llenado de la muchedumbre de habitantes de Meka. Asió la argolla de la puerta, se volvió hacia la gente y, de pie en el umbral, dijo así: “Alabado sea Al-lâh, que hace que triunfe su servidor y cumple la promesa que le dio. Así es, me había prometido que me traería a Mekka, y derrotó a mis enemigos”.» (1)
Habríamos podido esperar al día siguiente, cuando recibió en la colina de Safa a los mecanos de sexo masculino, que llegaban, detrás de sus jefes, a pronunciar la profesión de fe y prestar juramento de fidelidad.
Habríamos podido esperar al cuarto día de la toma de Mekka y asistir al juramento de fidelidad de las mujeres, que se inició con un incidente, cargado de simbolismo. Éstas, bajo la dirección de Hind Bint Utba, la mujer de Abu Sufiyan (antiguo jefe de Mekka y comandante en las batallas), se negaron a prestar juramento a ‘Umar, como lo había previsto el Profeta. Hind abordó a Muhámmad: «Queremos prestarte juramento a ti y queremos pactar contigo...» Cuando Muhámmad llegó a la parte del juramento de fidelidad específica de las mujeres, Hind no pudo contenerse, a pesar de la solemnidad del momento. «Nos impones obligaciones que no has impuesto a los hombres, pero las aceptamos, no seremos infieles.» (2)
El Harén Político...
El Profeta pedía que las mujeres jurasen «no matar a sus hijos». A Hind le pareció que se excedía, que él, un jefe militar que estaba en el origen de las batallas en que la sangre se había vertido, pidiera semejante cosa a las mujeres que daban la vida:«Hemos traído al mundo a nuestros hijos y los hemos criado; pero tú los mataste el día de Badr.» ¿Por qué incluir semejante cláusula en el juramento de fidelidad de las mujeres? Las fuentes no se ponen de acuerdo. ¿Se refería el Profeta al aborto o al infanticidio de niñas? Muchos autores exageran la importancia del infanticidio, que relacionan, por otra parte, con el honor. El infanticidio sería un vestigio de sacrificios humanos ligados a cultos paganos, y, según otros, era rarísimo. (3)
La actitud de Hind demuestra que no sólo las mujeres de la aristocracia Coraix eran bastante estimadas como grupo social para venir, como los hombres, a prestar juramento y tomar parte de este modo en las negociaciones con el nuevo jefe militar de la ciudad, sino que podía adoptar una actitud francamente crítica hacia el Islam. No iban a aceptar la nueva religión sin saber con exactitud en qué mejoraría su situación. Ese espíritu crítico de la mujer frente al jefe político se mantendrá vivo en las primeras décadas del Islam. Sólo desaparecerá con la instauración del absolutismo de Muawîya y la «dinastización» oficial del poder, es decir, la desaparición de parte del espíritu aristocrático tribal con la formación del estado musulmán y, por otra parte, la desaparición del Islam como experiencia profética, donde la igualdad, por muy virtual que fuera, abría la puerta al sueño de una práctica democrática.
Habríamos podido deambular por Medina hasta la vuelta de Muhámmad una vez tomada Mekka y participar en las fiestas para celebrar las conquistas. Con la ayuda de la victoria militar, la seguridad había vuelto a las calles, y «los que tienen una enfermedad en el corazón», los sufaha, los insensatos, se replegaban prudentemente.
En realidad, no es posible elegir dónde termina un viaje, sobre todo los viajes cuya importancia transforma la vida. Para las mujeres, no volverá nunca la seguridad a la ciudad. El viaje en el tiempo tiene sus leyes, como los sueños, y La Medina de las mujeres quedará aplazada para siempre. Las mujeres deberán pasearse por las ciudades sin piedad ni seguridad, ojo avizor, envueltas en su jilbab. El velo destinado a protegerlas de una calle violenta, las acompañará durante siglos, sea cual sea la situación militar de la ciudad. La paz no llegará nunca para ellas. Las mujeres musulmanas exhibirán por todas partes el hiyab, vestigio de una guerra civil que nunca tendrá fin.
Y sin embargo, algunas tratarán de resistir, rechazarán el hiyab, reivindicarán el derecho de salir barza (desvelada), término que se añadirá a partir de entonces al diccionario Lisân al‑ arab. «Una mujer barza es aquella que no se tapa la cara ni agacha la cabeza», y añade el diccionario que una mujer barza es la que «se presenta a la gente y recibe en su casa», a hombres, evidentemente (yaylisu ilay‑ha al‑qawm). Una mujer barza es también una mujer de «criterio apreciado». Un hombre o una mujer barz son personas «conocidas por su aql (raciocinio)». ¿Quiénes fueron esas mujeres musulmanas que se resistieron al hiyab? La más conocida es Sakina (o Sukaina, diminutivo cariñoso), una bisnieta del Profeta por parte de su hija Fátima, la esposa de Alî, el famoso Alî, el desventurado cuarto califa ortodoxo, que dejó el poder a Muawîya y fue asesinado por el primer terrorista político musulmán. El destino de sus hijos será igualmente trágico, y Sukaina presenciará además el asesinato de su padre en Karbala, y ese drama explica en parte su rebeldía contra el Islam político, opresivo y despótico, y contra todo lo que obstaculiza la libertad del individuo, el hiyab incluido.
Sukaina nació el año 49 de la hégira (en tomo al año 671). Era alabada por su belleza, lo que los árabes denominan belleza, una mezcla explosiva de gracia física, inteligencia crítica y elocuencia corrosiva. Los hombres más poderosos se la disputaban, califas y príncipes le proponían matrimonios que ella desdeñaba por razones políticas. No obstante, acabará casándose con cinco maridos, algunos dicen que seis. Se disputó con unos, hizo declaraciones de amor inflamadas y apasionadas a otros, llevó a uno ante los tribunales por infidelidad y nunca consintió a ninguno la taa (principio de obediencia, clave del matrimonio musulmán). En sus contratos de matrimonio, estipulaba que no obedecería al marido, que sólo haría su antojo y que no le reconocía el derecho de poligamia, todo ello debido a su interés por los asuntos políticos y la poesía. Seguía recibiendo en su casa a poetas y asistiendo, a pesar de sus múltiples matrimonios, a los consejos de los Coraix, equivalente a un ayuntamiento de una ciudad descentralizada y democráticamente gobernada de la actualidad. (4) Su personalidad, que ha fascinado a los historiadores, quienes le dedican páginas y páginas, a veces biografías enteras, se templó en la dura realidad de la historia: el asesinato de su padre Husein b. Alî, en Karbala, uno de los más indignantes de la historia política musulmana. Husein, ese hombre pacífico que había notificado a Muawîya por contrato escrito su decisión de renunciar al califato, con tal de que le dejaran vivir en paz con su familia. Un poeta que cantaba a las mujeres que adoraba: Rabab, su esposa, y Sakina, su hija. Tras la muerte de Muawîya, como se negó a jurar fidelidad al hijo de éste, fue asesinado en Karbala en presencia de todos los suyos, entre ellos Sakina, que lo acompañaba. (5) Era el día de Ashura, el 10 de octubre del año 680. Sakina conservará toda su vida un desprecio que no dudará en expresar hacia la dinastía Omeya y sus sanguinarios métodos. La atacará en las mezquitas e insultará a sus gobernantes y representantes siempre que tenga ocasión, y se las arreglará para que las ocasiones se multipliquen. (6)
Obligó a uno de sus maridos a firmar un contrato de matrimonio oficializando su derecho al nushuz, la rebelión contra la autoridad marital, que traía de cabeza a los alfaquíes. Reivindicaba su derecho a ser nashiz, y hacía alarde de ello, como de su belleza y talento, para afirmar la importancia y la vitalidad de la mujer en la tradición árabe. Los historiadores, admirados y respetuosos, se complacen en evocar sus episodios domésticos, como el proceso que entabló contra uno de sus maridos que había violado la ley de la monogamia que le había impuesto en el contrato de matrimonio. El juez, pasmado por las condiciones del contrato, se vio obligado, no obstante, a tomar una decisión, en presencia de su propia mujer, que no había querido perderse el proceso del siglo, y del emisario que había enviado el califa para que lo tuviera al corriente del desarrollo del mismo. (7)
Cuál no sería mi sorpresa cuando me acusaron de mentirosa en el transcurso de una conferencia que tenía lugar en Penang, en Malaisa, en 1984, en la que presentaba a Sakina como tipo de mujer tradicional musulmana que invitaba a la meditación. Mi acusador, un paquistaní, director de una revista islámica de Londres, me cortó la palabra gritando a voz en cuello ante la asistencia: «¡Sakina murió a los seis años!» E, intentando arrancarme el micro, repetía, furioso y vindicativo: «iMurió en Karbala con su padre! ¡Murió en Karbala!» Luego, adoptando el confortable aire de un cadí, me conminó a que le enumerara las fuentes de donde yo había sacado la versión de la historia de Sakina. Le proporcioné una lista improvisada, en árabe por supuesto. La miró con desdén y me dijo que era muy escasa. En ella estaban Ibn Kotaiba, Ibn abd Rabbih, Ibn Asakir, Zamajshari, Ibri Saad, Ibn al‑Ma’ad, al‑Wachâ, ad‑Dahbi, as‑Safdi, al‑Bujari, en resumen, los grandes nombres de la historia musulmana. Más adelante supe que aquel importante periodista, cuya revista pretendía contribuir a un mejor conocimiento del mundo árabe, ¡no hablaba ni leía el árabe! Sakina murió en Medina, a los sesenta y ocho años (en el año 117 de la hégira). Otras fuentes dicen que murió a los setenta y siete años en Kufa. Lo que no es muy probable porque no le gustaba ni Irak ni los iraquíes: «Habéis matado a mi abuelo, a mi padre, a mi tío y a mi marido», les dijo, haciendo referencia a su viudedad. A Mosab b. az‑Zubair, el marido al que amó más, lo mató abd al‑Málik b. Marwan, el quinto califa omeya (685‑705). (8)
En todo caso, la agresión verbal de la que fui objeto y la tentativa de borrar el recuerdo de Sakina por parte de un musulmán moderno que no reconoce a su mujer si no es velada, aplastada y silenciosa, son para mí un incidente que expresa, en el plano simbólico, la relación del musulmán con el tiempo. De la amnesia como memoria y del pasado como deformación de las posibilidades del presente. Jean Genet que ha reflexionado profundamente sobre el recuerdo en El cautivo enamorado, expresa muy bien esa extraña fuerza de la reminiscencia que asoma en el presente y lo metamorfosea. «Cada recuerdo es verdadero. Una bocanada de frescor vuelve a dar una fugitiva vida al instante pasado, definitivamente pasado. Cada recuerdo hace revivir, menos que una gota de perfume tal vez, el instante, definido no por el vivaz frescor de esa época, sino de otra forma, quiero decir reviviendo con otra vida.» (9)
Extraño destino el de la memoria musulmana a la que muchos acuden para censurar y castigar. Extraña memoria en la que los muertos y muertas no escapan a las de asesinato, si fortuitamente se aventuraban a levantar el hiyab por encima de la mediocridad y el servilismo que nos presentan como tradición.
¿Cómo se ha llegado a asimilar a la mujer musulmana con esa criatura sumisa y marginal, que se esconde y no se abre al mundo más que amedrentada y encogida bajo sus velos? ¿Por qué el hombre musulmán necesita, para encontrar el equilibrio, una compañera tan mutilada? Según Georgi Zaydan, el deslizamiento hacia los abismos, con relación a la mujer, tuvo lugar bajo la dinastía abasí. Este período, que se nos presenta habitualmente como la edad de oro (al‑asr ad‑dahabi, siglos VIII y IX), fue el de las conquistas internacionales y también el del aflujo de las yariya (esclavas) de origen extranjero, procedentes de los países conquistados: «Los hombres se regalaban unos a otros yariya persas, romanas, turcas...» (10) Con la expansión de las ciudades y el desarrollo económico, «la mujer musulmana quedó totalmente marginada, había perdido su libertad y su orgullo ... , entonces comenzó el desprecio a las mujeres. La encarcelaron y aherrojaron puertas y ventanas». (11) Las yariya recurrieron al saber, a la ciencia y a la poesía para mejorar su condición y para que se fijaran en ellas los hombres poderosos, que pagaban muy cara la compañía de mujeres bellas y eruditas que podían solazarlos. Trajeron hijos al mundo que catapultaron al poder. Se valieron de la intriga para conseguirlo, y muchos califas fueron hijos de um walad, de esclavas elevadas al rango de reinas. Harum ar‑Rashid (786‑809) representa esa época dorada que los cuentos de Las mil y una noches inmortalizaron para siempre, al tejer por las calles de Bagdad fascinantes relatos donde mujeres y hombres se abrazaban y embriagaban sobre un fondo de intrigas y absolutismo político.
Resta saber por qué, en nuestros días, es la imagen de la mujer de la «edad de oro», una «esclava» que intriga por los pasillos cuando desespera de seducir, la que simboliza el eterno femenino musulmán, mientras que el recuerdo de Um Salma, de Aixa y de Sakina no despierta ningún eco y aparece extrañamente lejano e irreal.
La respuesta ha de buscarse sin duda en el tiempo‑espejo donde se mira el musulmán para pensar su futuro. La imagen de «su» mujer cambiará con la imperiosa necesidad de enraizar su porvenir en una memoria‑libertad. Quizá sea deber de las mujeres ayudarlo, incorporándolo, con sus reivindicaciones cotidianas, a un presente maravilloso. Y el presente siempre lo es, pues en él todo es posible. Hasta detener ese recuerdo y vivir enlazados y confiados el ahora, sin más.

NOTAS

(1) Tabari, Mohámmed... op. cit, p. 282. Véase la espléndida descripción de b. Saad, at‑Tabaqat, vol. II, p. 137.
(2) Tabari, ídem, p. 286.
(3) Saled Áhmed al‑Alî, «At‑tanzimat, al‑ichtimia inda l‑badw l-badw» («Organizaciones sociales de los beduinos»), en Muhadaratfi tarij al‑arab, Maktabat al‑Muzanna, Bagdad, 1960. En la página 139, el autor utiliza las aleyas coránicas para demostrar que el origen del wa’d (infanticidio) es religioso (Véanse las aleyas 132 y 140 de la azora «al‑Anam»). Explica también que es ridículo tomarlo como un indicador de la condición humillante y degradante de la mujer «porque algunas diosas eran mujeres» (!). Tiene razón.
(4) Al‑Asbahani, Kitab al‑afgani (El libro de las canciones), op. cit., vol. XVI, pp. 168 y 169.
(5) Sobre el asesinato de Husein, véase Tabari, Tarij, op. cit., vol. VI, p. 215 y ss.; Masudi, Las praderas de oro, op. cit., vol. III, p. 749. Sobre Sakina y cómo vivió ese suceso, véase la biografía de Aixa por Abderrahmán, Sakina bint al‑Husein, Dar al‑kitab al‑arabi, Beirut, s/f, p. 58 y ss.
(6) Al‑Asbahani, ídem, p. 143.
(7) Para la biografía de Sakina, consúltese: b. Saad, at‑Tabaqat, vol. III, dedicado a las biografías de mujeres, p. 475; Abi l‑Farach al‑Asbahani, Kitab al‑afgani (El libro de las canciones), vol. III, p. 361 y ss.; vol. XVI, p. 138 y ss.; vol. XVII, p. 43 y ss.; y vol. XIX, p. 155 y ss. Ibn Asakir, Tarij madinat dimashq (Historia de la ciudad de Damasco), vol. dedicado a biografías de mujeres, 1ª edic., sin indicación de editorial, Damasco, 1982, p. 155 y ss. El autor murió en el siglo XI. Ibn Hasan al‑Maliqi, Al‑hadaiq al‑gannafl ajbar an‑nisá’. (Biografía de mujeres célebres durante la edad de oro del Islam), Dar al‑Arabiya li I‑Kitab, Túnez, s.fEl autor murió en el siglo XII. lbn Habib al-Bagdadi, Kitab al‑muhabbar, al‑Maktaba at‑Tiyariya, Beirut, s/f, p. 439 y ss. El autor murió en el año 245 de la hégira, siglo IX. La relación dista mucho de ser exhaustiva.
(8) Véanse las fuentes citadas anteriormente.
(9) Jean Genet, Le Captif amoureux, op. cit., p. 404.
(10) G. Zaidan, Tarij at‑tamdum al‑Islami, s.d., vol. V, p. 76.
(11) idem, p. 77.