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miércoles, 19 de noviembre de 2014

Cuando las mujeres fuimos ciudadanas: el voto femenino



Hoy, 19 de noviembre de 2014, hace 81 años que las mujeres votamos por primera vez en España. Las mujeres conseguimos con este derecho que se nos reconociera como sujetos de pleno derecho, pudiendo participar y ser parte de la sociedad ejerciendo un derecho básico de la ciudadanía, el derecho al sufragio activo.

Este derecho lo reconoció la Constitución de la Segunda República Española en el año 1931. Texto que fue debatido por las Cortes Constituyentes surgidas tras la dimisión de Primo de Rivera y provocó encendidos debates acerca de las "facultades" de la mujer para ejercer el voto.

Pero la cuestión sufragista en España no estuvo exenta de polémica y temor cuando tomó asiento en las Cortes de la II República (de abrumadora mayoría masculina) que concedieron la plena incorporación de las españolas a la ciudadanía.

Paradójicamente las posiciones hostiles a este derecho surgieron de algunos de los partidos de izquierda de entonces. Cabe recordar a uno de los diputados que más se señaló en intentar impedir que las mujeres pudiésemos votar. Éste fue el gallego Roberto Novoa Santos, elegido por la Federación Republicana Gallega, que integraba entre otros a la organización ORGA fundada por Casares Quiroga con la participación de las Irmandades de Fala. 

La intervención de Novoa Santos en ese debate podría pasar a la historia de las opiniones machistas. Así, tras preguntarse por qué habría que concederle a la mujer los mismos títulos y los mismos derechos que al hombre señalaba: "¿Son organismos igualmente capacitados?". Para a continuación explicar que la mujer era "todo pasión" y "todo sensibilidad" pero que, lamentablemente, carecía de reflexión, espíritu crítico y ponderación. Virtudes éstas que "no domina". A continuación hacía partícipe al resto de los diputados de interesantísimas teorías clínicas tales como que "el histerismo no es una enfermedad, es la propia estructura de la mujer".

Tras estas ocurrencias subyacía también el temor a que las mujeres, a las que se tenía bajo la presión de la iglesia, fuesen un brazo electoral de ésta. El mismo miedo lo tenía una de las únicas tres diputadas en las Cortes, Victoria Kent, quien pidió varias veces, sin éxito, aplazar el sufragio femenino pero, en este caso, no cuestionando su capacidad, sino la oportunidad. Para Victoria Kent, la adhesión mayoritaria de las mujeres a los principios de la iglesia, ponía en riesgo la existencia de la recién nacida república. Previamente, millón y medio de mujeres católicas habían firmado un escrito que pedía el cambio de la Constitución para respetar los "derechos de la Iglesia". Las mismas tesis defendía la diputada del PSOE Margarita Nelken, quien expresaría sus reticencias y convencimiento de que las españolas no estaban preparadas para asumir sus derechos políticos a la altura de 1931.


En cambio, la feminista Clara Campoamor se definió fiel partidaria del inmediato sufragio y defensora del principio de igualdad jurídica entre ambos sexos. Su discurso en las Cortes recuerda las referencias de emancipación y plena igualdad de las mujeres expresadas en su día por Harriet Taylor Mill y Jonh Stuart Mill, que negaban todo fundamento racional para establecer diferencias legales en razón del sexo. 

Esta división de opiniones y posicionamientos contrapuestos en torno al derecho al voto femenino se saldó el 1 de octubre de 1931, con su aprobación por las Cortes republicanas en un apretado triunfo del sí con un margen de 40 votos a favor. En efecto, posiblemente gracias a la defensa de Clara Campoamor, la propuesta salió adelante por 161 votos a favor contra 121. Clara Campoamor manifestó entonces que "la única manera de madurarse para el ejercicio de la libertad... es caminar dentro de ella".


El sufragio femenino no tuvo desgraciadamente mucho camino. Y sería en 1936 la segunda y última vez que podríamos ejercitar el voto libre por la llegada de la dictadura franquista, que no sólo impidió el ejercicio del derecho al voto libre, sino que impuso un rancio patriarcado sexista que hizo retroceder siglos la lucha feminista por la igualdad.


FUENTE: BLASTINGNEW- Ocio y Cultura