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miércoles, 15 de octubre de 2014

Hannah Arendt: Una judía que entendió la crueldad nazi

Hoy, 14 de octubre, se cumple el 108º aniversario del nacimiento de esta gran filósofa alemana. Y, por ello, nos vamos a acercar, aunque brevemente y desde esta pequeña zona de recuperación del saber y del conocimiento feminista y de las mujeres, a su vida y a sus obras.



Hannah Arendt, nacida Johanna Arendt (Hannover, Alemania, 14 de octubre de 1906 - Nueva York, Estados Unidos, 4 de diciembre de 1975) fue una filósofa política alemana, de origen judío, y una de las más influyentes del siglo XX, que estudió en las universidades de Marburgo, Friburgo y Heidelberg, obteniendo en esta última el doctorado en filosofía bajo la dirección de K. Jaspers.

La privación de derechos y persecución en Alemania de personas de origen judío tras la subida de Hitler al poder, a partir de 1933, así como su breve encarcelamiento ese mismo año, contribuyeron a que decidiera emigrar; primero se exiliaría a París, de donde tuvo que huir en 1940, estableciéndose posteriormente en Nueva York. El régimen nacionalsocialista le retiró la nacionalidad en 1937, por lo que fue apátrida hasta que consiguió la nacionalidad estadounidense en 1951.

Trabajó, entre otras cosas, como periodista y maestra de escuela superior y publicó obras importantes sobre filosofía política; sin embargo, rechazaba ser clasificada como "filósofa" y también se distanciaba del término "filosofía política"; prefería que sus publicaciones fueran clasificadas dentro de la "teoría política". Arendt defendía un concepto de "pluralismo" en el ámbito político. Gracias al pluralismo, se generaría el potencial de una libertad e igualdad políticas entre las personas. Importante es la perspectiva de la inclusión del Otro. En acuerdos políticos, convenios y leyes deben trabajar a niveles prácticos personas adecuadas y dispuestas. Como fruto de estos pensamientos, Arendt se situaba de forma crítica frente a la democracia representativa y prefería un sistema de consejos o formas de democracia directa.

A menudo, continúa siendo estudiada como filósofa, en gran parte, debido a sus discusiones críticas de filósofos como Sócrates, Platón, Aristóteles, Immanuel Kant, Martin Heidegger y Karl Jaspers, además de representantes importantes de la filosofía política moderna como Maquiavelo y Montesquieu. Precisamente gracias a su pensamiento independiente, la teoría del totalitarismo (Theorie der totalen Herrschaft), sus trabajos sobre filosofía existencial y su reivindicación de la discusión política libre, tiene Arendt un papel central en los debates contemporáneos.

Como fuentes de sus disquisiciones, Arendt emplea, además de documentos filosóficos, políticos e históricos, biografías y obras literarias. Estos textos son interpretados de forma literal y confrontados con el pensamiento de Arendt. Su sistema de análisis -parcialmente influido por Heidegger- la convierte en una pensadora original situada entre diferentes campos de conocimiento y especialidades universitarias. Su devenir personal y el de su pensamiento muestran un importante grado de coincidencia.


Conocida principalmente como ensayista política, Hannah Arendt también fue una crítica literaria sutil y atenta. Entre 1924 y 1929 cursó estudios de filosofía y teología, primero en Marburgo y en Friburgo y, finalmente, en Heidelberg. Tuvo por maestros a Edmund Husserl, Martin Heidegger y Karl Jaspers. Con este último se licenció en 1928. Obligada a abandonar la Alemania Hitleriana, se trasladó a Francia. Internada en 1940 con otros emigrados, consiguió huir durante la ocupación, instalándose en Estados Unidos. Allí colaboró en numerosas revistas y, tras haber sido invitada sucesivamente por las universidades de Berkeley y Chicago, enseñó teoría política en la School for Social Research de Nueva York.

Autora de numerosas obras, se dio a conocer en 1951 con un trabajo titulado Los orígenes del totalitarismo, su obra más reconocida, en la que sostiene que los totalitarismos se basan en la interpretación de la ley como "ley natural", visión con la que justifican la exterminación de las clases y razas teóricamente "condenadas" por la naturaleza y la historia; mediante el análisis del imperialismo del siglo XIX y de los regímenes totalitarios del XX, intentaba reconstruir las vicisitudes histórico-políticas que desembocaron en el antisemitismo. De todos modos, este aspecto fundamental de su obra siempre se halla inserto en el cuadro de una reflexión más general sobre la noción de política en el mundo moderno, como sucede en La condición humana (1958), obra en la que la autora se interroga sobre los núcleos esenciales de los conceptos políticos clave, como los de democracia, poder, violencia o dominio.

Puesto que el carácter público de la felicidad y la libertad, que Hannah Arendt identificaba respectivamente con las revoluciones francesa y americana (así en Sobre la revolución, 1963), se ha perdido en nuestra tradición, su proyecto se inserta en el ámbito casi utópico de una democracia radical que no se base sobre el principio de soberanía. En su último trabajo, La vida del espíritu, en tres volúmenes y que quedó inacabado, es evidente la referencia cada vez más clara a la influencia del pensamiento de Martin Heidegger, y a la renovación de las reflexiones de la tradición hebraica sobre las nociones de voz, escritura y trazo.



La finalidad de Los orígenes del totalitarismo (obra que sería reelaborada y traducida al alemán por su misma autora para una edición de 1955, prologada por Karl Jaspers) es demostrar que el nacionalsocialismo y el bolcheviquismo son distintos del despotismo y la tiranía, las formas de ejercicio autoritario del poder conocidas desde la antigüedad. Las condiciones y los procesos sociales que condujeron al totalitarismo y al sistema burocrático terrorista de los campos de concentración se analizan sirviéndose de abundante material documental. La autora divide su investigación en tres partes: antisemitismo, imperialismo y totalitarismo.

Según Arendt, los orígenes del totalitarismo se hallan "en la ruina y disgregación de los estados nacionales y en el desarrollo anárquico de las modernas sociedades de masas". Los distintos elementos desencadenados en este proceso de disgregación son presentados en las dos primeras partes del libro hasta llegar a sus orígenes históricos, para ser descritos, en la tercera, en su "cristalizada forma totalitaria". Arendt afirma que el antisemitismo (como concepción política, producto de los últimos decenios del siglo XIX) no puede explicarse simplemente como "odio por los judíos"; las ideas de dominio y persecución nacieron de los lugares comunes antisemitas de la ideología política burguesa cuando se disgregó el estado nacional con sus mecanismos de control.

En el desarrollo de la emancipación política de la burguesía hacia "la alianza entre capital y plebe" y en la sociedad dominada por el concepto seudocientífico de raza, con su máquina burocrática para la aniquilación, Arendt reconoce el resultado "de la propaganda y la organización totalitaria". El aparato estatal se independiza, la política secreta substituye a las leyes y la justicia y los campos de concentración y exterminio "sirven al régimen totalitario como laboratorios para la comprobación de su pretensión de dominio absoluto sobre el hombre". El nacionalsocialismo y la dictadura de los soviets sólo son posibles, según la autora, porque en estos sistemas "cada persona es reducida a una inmutable identidad de reacciones, de manera que cada uno de estos haces de reacciones puede intercambiarse por cualquier otro"; y uno de los motivos por los cuales el hombre moderno se convierte tan fácilmente en víctima de los movimientos totalitarios es "su creciente distanciamiento". 

Como periodista, la pensadora escandalizó a la opinión pública cuando, tras cubrir para The New Yorker el juicio de Adolf Eichmann, publicó un tratado en el que retrató al acusado como una persona normal, no como un demonio, fruto de su tiempo.

Hannah Arendt fue enviada a Jerusalén, ya bien entrado el año 1961, por el diario The New Yorker para cubrir el juicio contra el jerarca nazi Otto Adolf Eichmann. Después de asistir durante tres semanas, de abril a mayo, al proceso judicial -Arendt se marchó antes del interrogatorio y no llegó a escuchar la defensa de Eichmann-, regresó a América y, con calma, redactó sus conclusiones en un tratado que tituló Eichmann en Jerusalén: informe sobre la banalidad del mal. Sus artículos, publicados en 1962, provocaron un enorme alboroto. En ellos, la pensadora judía, que volvió a Europa habiendo "entendido" la crueldad del nazismo, no sólo intentó explicar el mal como fruto de unas circunstancias y una época concreta, sino que, además, acusó a los Consejos judíos, en concreto, a sus presidentes, de colaborar de hecho con los nazis. Y desató el escándalo.

Según Hannah Arendt, la cifra de judíos muertos en Europa, durante la primera mitad del siglo XX, hubiese sido significativamente inferior si los encargados de estos Consejos no hubiesen entregado a los líderes nazis, para salvar su propia piel, inventarios de sus congregaciones. Estas acusaciones de "colaboración" en la masacre se sumaron al cuestionamiento que añadió Arendt de la legalidad jurídica de Israel para sentar en el banquillo a Eichmann. Pero lo más inquietante del relato de Hannah Arendt, lo que más ampollas levantó en los lectores, es que la filósofa mostró a Eichmann, oficial de las SS encargado de los transportes en masa de los judíos a los campos de exterminio, como un hombre normal, un funcionario que declaraba cumplir con su deber y se enorgullecía de sus convicciones religiosas cristianas. Insinuó Arendt que el jefe nazi, a quien el fiscal de Jerusalén había retratado como un monstruo, era un hombre como tantos, un producto de su tiempo, del régimen que le tocó vivir. Ni siquiera una mala persona.

Hannah Arendt respondió como nunca se hubiese esperado de una judía, revisó la causa de su pueblo desde otra perspectiva que poco o nada gustó a la sociedad estadounidense, se deshizo de sus prejuicios, encaró un proceso desde una posición racional, no emocional, e instauró un concepto, el de la banalización del mal, que fue discutido, defendido y rechazado a partes iguales, años después una y mil veces. El hecho de definir a individuos que hacen el mal, que cometen crímenes, que hacen daño a otros, como personas normales, o, explicado de otra forma, de intentar entender como alguien completamente común llega a cometer hechos brutales, fue un movimiento interesante que muchos, sin embargo, vieron erróneamente ejemplificado en las palabras de Arendt. Pero la judía, en realidad, conocía a la perfección la historia de Eichmann. Sabía de lo que hablaba. Estaba al tanto de su antisemitismo feroz, de su voluntad de hacer el mal. Lo que intentaba explicar Arendt, mal entendido por muchos, es el abandono a un corriente, a un régimen, el rechazo a las decisiones personales, la renuncia al juicio propio.

La tesis de Hannah Arendt -convertida en 73 páginas en The New Yorker- volvió a abrir viejas heridas el año pasado, medio siglo después de su enunciación, culpa de la película de la realizadora alemana Margarethe von Trotta, ganadora de la Espiga de Plata en la Seminci (Semana de Cine de Valladolid). Y la que fue una de las grandes polémicas intelectuales del siglo XX volvió a monopolizar conversaciones mientras los alemanes se revolvieron de nuevo en su historia, demasiado reciente todavía. ¿Se convirtió este señor alemán, formado y serio, en el mayor criminal de su tiempo por pura vocación o porque alguien se lo impuso? Actualmente no vivimos ese terror nazi con el que tuvo que lidiar Hannah Arendt, pero, por su frecuencia y presencia mediática, el mal se vuelve una realidad cotidiana y constituye la atmósfera de una amenaza suspendida sobre nuestras cabezas. Hoy, la banalización del mal se alcanza por hacer de lo extraordinario algo que se repite a diario. Todos nos volvemos temerosos de los enemigos de la sociedad abierta en la que vivimos, a lo que ayuda hablar indiscriminadamente del mal.

Esta masividad del mal provoca que, por el hartazgo, caigamos en la indiferencia. No tenemos tiempo para el dolor ni espacio para el duelo. Antes de haber terminado de oír una luctuosa noticia, la siguiente está en la antesala. No queda lugar para el olvido porque no tenemos tiempo para el recuerdo. La memoria ya no es necesaria. Pero esto no es sin efectos: el mayor de ellos es que el discurso actual vuelve la existencia de cada uno de nosotros una mera contingencia. Si la vida ya no necesita tener un sentido, ¿por qué la muerte, producto del desencadenamiento de las fuerzas del mal, habría de ser justificada?

El aparato psíquico humano no está hecho para el sobresalto, para lo enigmático, para lo inexplicable. Por eso necesita consumir sentido y es por ello que una de las formas que adquiere la banalización del mal es la que consiste en explicarlo, proporcionándole sentido. Frente a esto es necesario afirmar que el mal, aunque sea inevitable, no tiene sentido. No tiene sentido pero sí tiene causa, causa que no es otra que la del goce destructivo del propio sujeto, el agente del mal. Porque el mal es un sinsentido actuado.


FUENTES: Wikipedia, Biografías y vidas, La Voz de Galicia